Blog De José Juan Mateo [Reflexiones de un payaso que olvido reir]

Hay que partir del concepto de que, basándonos en el concepto de las palabras que forman el texto, la acción descrita es imposible. El hecho de que algo venga adornado con el calificativo de “permanente” implica, necesariamente, que no puede ser eliminado de ninguna manera, de forma que la propuesta de escribir sobre ese tema es un contrasentido es sí mismo. Me gustaría clarificar este punto, porque es la primera vez que escribo “por encargo”, es decir, no es un tema que me haya surgido de mi experiencia, sino que es algo que se me ha propuesto, tal vez como un reto para poner en duda mi capacidad real de desarrollar una idea. Pues bien, recojo el guante y allá vamos.

En la realidad no hay cosas permanentes. El concepto de vida va, indisolublemente, unido al de muerte, de modo que ambos conceptos se unen para formar el conjunto más democrático de la biosfera. Nada de lo que tenemos alrededor es inmutable; el tiempo es el juez implacable que acaba sometiendo todo a esa ley universal que dicta que todo tiene un fin. Empeñarse en asirse a cualquier cosa tangible de nuestro mundo como refugio frente a las inclemencias de la vida es un error absurdo. Nada va a durar el tiempo necesario como para evitar que nos ahoguemos en la profundidad de las aguas de lo cotidiano. Nada va a durar tanto tiempo. Nada es permanente. Hasta algo tan eterno como el matrimonio católico tiene un fin: “hasta que la muerte nos separe”.

Es una regla básica de la Biología el hecho de que cualquier sistema vivo tiende a optimizar el gasto de energía: si algo se puede hacer manteniendo las reservas de ATP, ¿para qué gastarlo? Entonces, ¿por qué hay que borrar algo que va a desaparecer por sí sólo? Aquí entra en juego una de las características que nos diferencia a los seres humanos del resto de los animales: la impaciencia. Las cosas han de suceder en el momento y con la velocidad que cada uno determina como óptima, sin reparar en la viabilidad de tales pretensiones. Nos consideramos los dueños del tiempo y de su flujo, sin percatarnos de que no somos más que sirvientes sometidos a su capricho, a una dictadura que determinará, sin dar ningún tipo de explicaciones, el momento en que llegará nuestro punto final.

La vida se ha convertido en un sprint sin final. Todo ha de ir muy deprisa, sin tiempo para saborearlo. Se prefiere un mensaje de cuatro palabras en el teléfono antes que un correo bien reflexionado y escrito. No se puede perder el tiempo porque parece que llegamos tarde a nuestra próxima experiencia artificial. Estamos viviendo tan rápido que no tenemos tiempo de detenernos a disfrutar de un paisaje; sacamos el móvil, hacemos una foto y ya lo miraremos después. “No puedo perder el tiempo” se ha convertido en el lema de nuestra sociedad supuestamente avanzada. Asumimos, sin más, que ese paisaje lo hemos capturado para siempre, que será permanente porque podré verlo todas las veces que quiera. Pero olvidamos una cosa: cuando lo admiramos en la pantalla, es un paisaje muerto. No se ha tenido tiempo de apreciar la luz, los sonidos, los olores que le acompañaban. O nos empeñamos en grabar videos de cualquier acontecimiento y perdemos el acontecimiento en sí mismo. Y esas experiencias no volverán. Tenemos un paisaje que no existe y, lo peor de todo, que nunca volverá a existir. Nuestra experiencia vital está llena de momentos puntuales y esos son irrepetibles. Duran un instante y ese tiempo ya nunca volverá. Y son esos breves lapsos de tiempo los que enriquecen nuestra existencia; el recuerdo de un olor nos hace brotar una sonrisa mientras que la mirada a una pantalla nos cansa la vista. Una vida plena está llena de instantes fugaces y vacía de imágenes permanentes.

Tal vez la trampa del tema propuesto esté escondida en el tema de los sentimientos. Quizás se piense que en las palabras “en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en la tristeza” esté escondida la obligación de mantener una vigencia eterna de los sentimientos. Pero creo que a nadie se le escapa que éstos tampoco son inmutables. ¿Alguien, en su sano juicio, puede mantener que los sentimientos de un hijo hacia una madre son los mismos cuando tiene 2 años que cuando tiene 40? Tampoco los sentimientos son permanentes, sino que el tiempo los modula, los matiza, los adapta a cada momento de la existencia para hacerlos compatibles con la vida misma. ¿Sería sano un amor dependiente hacia una medre en un adulto de 40 años? Obviamente, algún problema psiquiátrico estaría oculto detrás de este hecho. Suponer que algo tan poco tangible como nuestras emociones son permanentes supone, indudablemente, ir en contra de nuestra propia naturaleza.

La existencia de la vida sobre nuestro planeta tiene un principio fundamental: nada es permanente. Por tanto, no hay que borrar nada. La vida se sostiene en una continua variación sobre un base, modificación que ha permitido que los seres vivos puedan permanecer sobre nuestro planeta durante tanto tiempo. Esas variaciones han logrado que, aquellos individuos más adaptados, hayan sido capaces de sobrevivir a condiciones adversas y hayan continuado el linaje. Según algunos estudios, la vida surgió una vez y, desde entonces, lo único que ha hecho ha sido modificar sus fundamentos. Si esos cimientos hubiesen sido permanentes, la vida como la conocemos habría desaparecido de nuestro planeta. La vida no se basa en borrar o no lo permanente; se basa en modificar lo ya existente.

Aunque cada uno puede tener su opinión (y todas son respetables), parece obvio que no tiene sentido mantener la idea de la “permanencia” como algo fundamental para conseguir algo. Las propias vivencias de cada individuo pueden convencernos de que la vida vale la pena en tanto en cuanto es modificable. Cada día es una aventura que debemos vivir; ayer fue un día que ya acabó y mañana aún está por llegar. Cuando nos levantamos cada mañana no existe ningún guion pre-escrito. Tenemos delante un montón de hojas en blanco que podemos rellenar a nuestro gusto. Y, frente a ellas, cabe cualquier actitud: podemos limitarnos a copiar el manuscrito del día anterior por miedo a los cambios o podemos aventurarnos a disfrutar de las sorpresas, buenas y malas, que nos aguardan a lo largo de las siguientes 24 horas. Dejo a juicio de cada uno el evaluar las consecuencias vitales que tendrán cada una de esas opciones.

Sólo la muerte física es permanente. Y, por suerte o por desgracia, es lo único que no se puede borrar; es irreversible. La idea de lo permanente conduce a la muerte; únicamente la maravillosa posibilidad de los cambios hace de la vida una experiencia que hay que disfrutar.

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